Grandes Marchas

Santísimo Cristo de las Misericordias (Pedro Braña Martínez, 1958)

Juan Antonio Barros Jódar

15 de Noviembre de 2004


Pedro Braña Martínez, asturiano y universal, autor entre otras de "Virgen de las Tristezas", "Cofradías sevillanas" o la popularísima "Coronación de la Macarena", creó en 1966 una pequeña joya de la música procesional. La partitura, dedicada al crucificado de la Hermandad sevillana de Santa Cruz, llevaba por título "Cristo de las Misericordias".

Hay algo en esta obra de Braña que me hace pensar siempre en la música sacra de Bach. Tal vez sea por la facilidad con que nos conmueve y nos hace partícipes del drama del Gólgota a través de un sentimiento compasivo. Por una especie de "ejemplaridad" que los compositores de la Reforma (y Bach es el más grande) pretendían alcanzar para trasladar el mensaje del relato de la Pasión.

Frente a la elegante brillantez de "Coronación", este "Cristo de las Misericordias" nos seduce por su lirismo intimista, por la sencillez de su lenguaje desnudo, desprovisto de cualquier gala innecesaria. Aparentemente se trata de una marcha sin grandes pretensiones, pero nos cautiva con su indescifrable y poderoso encanto.

La sencillez a que aludíamos al referirnos a la forma también está presente en la propia estructura. La marcha está articulada en torno a dos temas, el primero en modo menor, y el segundo en mayor, haciendo las veces del recurrente trío. En su esencialidad, la marcha prescinde del tradicional "fuerte de bajos" o sección similar como transición entre el tema principal y el trío.

Una brevísima introducción a cargo de los metales, que son replicados por el conjunto en una frase descendente da paso al tema A. El Braña más emotivo desgrana con infinita ternura una melodía impregnada de melancolía y bondad, si se me permite expresarlo así. No en vano la pieza está dedicada al Cristo de las Misericordias. La percusión inicia el ritmo de marcha de forma pausada, indolente, casi sin atreverse, mientras la exquisita melancolía de esta primera sección nos envuelve.

El tema B, en modo mayor, presenta una melodía de gran dulzura, algo más optimista y esperanzada, aunque las segundas voces que la complementan parecen entonar un lamento cargado de sombrías premoniciones.

Tras un brusco retorno al motivo introductorio, una sencilla coda traza una modulación a modo mayor con la que concluye esta pequeña obra maestra del repertorio procesional.

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