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Las figuras de Pedro Gámez y Ricardo Dorado en el centenario de sus nacimientos

Mateo Olaya Marín

2 de Enero de 2007


El próximo 2007 podrá destacarse, en cuanto a música procesional se refiere, por los cien años de la composición de las marchas "Al Santísimo Cristo del Amor" y "Al Santísimo de la Exaltación" de Farfán, o "Memoria Eterna" de Beigbeder, pero ante todo, el centenario del nacimiento de Pedro Gámez y Ricardo Dorado constituye un motivo más que importante como para acercarnos a quienes fueron prestigiosos compositores de marchas y directores de bandas militares.

Es necesario conocer sus trayectorias, puesto que sin ellas quedaría un vacío informativo que desfiguraría sustancialmente una época crucial de la marcha procesional: la postguerra. A pesar de pertenecer a la misma generación de músicos, se diferencian claramente en la forma de componer. Dos estilos de gran fuerza y personalidad, en muchos rasgos hasta antagónicos, que identifican una forma concreta de entender el género de la marcha y que como tal se erigen en arquetipo y modelo para generaciones posteriores.


Pedro Gámez

A priori puede parecer que la única coincidencia o relación entre Gámez y Dorado sea el año de nacimiento, sólo que el primero es natal de Jódar (Jaén) y el segundo de La Coruña. Sin embargo, los caprichos del destino quisieron que sus vidas llegaran a cruzarse. Fue en Madrid, cuando Ricardo Dorado ya ejercía como director militar y Gámez todavía estaba como trompista en la Banda Municipal de la ciudad, donde se conocieron. Se dio también la nota anecdótica en las oposiciones al Cuerpo Nacional de Directores Militares, al que se presentó Pedro Gámez en 1945 obteniendo la primera plaza y estando en el tribunal examinador Ricardo Dorado.

Nuevamente sus vidas se desligarían. Uno se quedó en Madrid, compaginando la labor de dirección bandística con la publicación ingente de partituras; el otro, Gámez, bajaba a su Andalucía natal para empezar a dirigir la Banda Militar del Regimiento de Lepanto de Córdoba y luego la del Soria 9 en Sevilla. Quizás Gámez se trajo de Madrid la práctica de publicar las composiciones para favorecer la difusión de éstas, algo que no es de extrañar que aprendiese del compositor militar gallego. En todo caso, es de agradecer el hábito de publicar lo compuesto, porque genera un cauce principal y sólido para la difusión, búsqueda y conservación de la obra musical.



Ricardo Dorado


Sin menospreciar a Dorado, no cabe duda que el principal foco debe iluminar a la persona y el compositor que fue Pedro Gámez, por su relación con la Semana Santa andaluza, especialmente la cordobesa y la sevillana. Ricardo Dorado puso para el deleite de los oídos finos una serie de marchas que, sin estar dedicadas en su inmensa mayor parte a cofradías andaluzas, han sonado y siguen haciéndolo en nuestras procesiones. El hecho de que su música nos sea familiar en Semana Santa ya es motivo más que suficiente para recodarle.

Algo habrá que hacer, cada uno desde sus posibilidades, en honor de quienes firmaron partituras tan sublimes como "Mater Mea", "Getsemaní" o "Cordero de Dios" -en el caso de Ricardo Dorado- y "Saeta Cordobesa", "Pasa la Virgen Macarena" o "El Cachorro" -en el caso de Pedro Gámez-. Son notas convertidas hoy día en los ejemplos más representativos de la belleza tan elevada a la que pueden llegar nuestras marchas procesionales.

De efemérides va la cosa, luego mantengamos sumo cuidado. Estos tipos de celebraciones hacia personas de importancia en la escena artística de nuestra Semana Santa deben suponer un reconocimiento intenso por su trayectoria, una recopilación de sus logros -conocidos y no conocidos-, y una difusión adecuada del perfil del homenajeado. Pero todo ello sería estéril si se quedase en agua de borrajas.

Así que manos a la obra.

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