Opinión

El desarreglo de los arreglos

Por Mateo Olaya Marín

10 de Marzo de 2007


No podemos rasgarnos las vestiduras si una partitura es arreglada o sometida a algún tipo de adaptación. En la historia de la música casos de estos hay, mas se pueden admitir si se siguen una serie de patrones. Pero lo realmente cierto, entrando ya en la materia de música procesional, es que el tiempo pasa y diversas partituras han sufrido una serie de intervenciones que en ocasiones hacen de las marchas elementos irreconocibles en algunos de sus pasajes. Compositores que van de grandes osan enmendarle la plana a los verdaderos grandes del género. ¿Les suena? A mí sí y en los tres géneros de bandas que son las de música, cornetas y agrupaciones musicales.

Uno de los casos más flagrantes es el de "Pasan los Campanilleros", con esa mutilación en la supresión de compases, además de variaciones en la instrumentación, melodías secundarias y otros matices. Lo primero es inconcebible. Uno no llega a encontrar comprensión en lo que rondaría la cabeza del ilustrado que tuvo la idea de que eso sobraba. Lo demás, es algo más justificable -pero no del todo, que conste-, porque hay ciertas marchas que presentan una serie de dificultades y cuando alguna banda de nivel inferior se pone como objetivo tocarlas, pueden simplificarse ciertos papeles para hacer la partitura más asequible al músico. Si se trata de que las buenas marchas gocen de difusión y se toquen cuanto en más sitios mejor, este tipo de arreglos tienen pase. El grito en el cielo lo deberíamos poner en la banda que va sobrada de calidad y capacidad técnica, y opta por el camino más fácil, acogiéndose a ese desaguisado que un músico ha perpetuado.

Si algunos prefieren reinventarse a Farfán, que lo hagan limpiando el papel en sepia y luego mostrárnoslo en "blanco pureza", tan puro como lo que firmó su autor. Para reinventos propios no estamos, máxime en unos tiempos donde hay alguno que otro que quiere inventarse una historia diferente de la marcha procesional. La pólvora ya la descubrieron unos, aunque los otros quieran enterrarla en el rincón más soterrado para hacernos ver qué afortunados somos por haber recibido la inspiración de sus santas plumas doctas. Bajo la excusa de actualizar la música a los tiempos actuales, se cosechan auténticas lesiones a marchas procesionales de renombre, perdiendo su propia esencia. Y repetimos, lo verdaderamente grave es que estas veleidades provengan de músicos y directores de banda con una alta cualificación.

Es tal el nivel al que puede llegar a desvirtuarse una partitura por la intervención negligente de esa "anónima" mano negra, la que mece la cuna de los intereses comerciales, que contagia en el sentir general una opinión sobre el autor original opuesta a lo que sería de justicia. Con la recuperación de la versión para banda y coro de esta marcha populosa de Farfán a cargo de la Oliva de Salteras hace diez años, y más si cabe con la salida a la luz de la versión original, sin ningún género de dudas, registrada por la Banda Municipal de Sevilla en su último disco, se desmantelan todas las teorías mal infundadas que apuntaban a esta marcha como falta de elegancia y matiz musical. La auténtica versión original nos habla de equilibrio estructural, gusto, maestría, sutileza. Todo lo que no contenía antes, ahora aflora a la superficie.

Si estos desaguisados tienen lugar en el escenario de las bandas de música, no digamos ya en las agrupaciones musicales y bandas de cornetas. Punto y aparte. Aquí entran en juego más factores, como la poca preparación musical de los que se erigen como arreglistas (buenos son una minoría), la ausencia total de respeto por los derechos de autor legales y morales de las partituras, la esquizofrenia que padecen muchas bandas buscando su estilo sin un rumbo determinado, mientras que lo pagan con el estilo puro y personal de otras bandas que ven sus pentagramas usurpados; la obsesión maníaca de tocar sin necesidad alguna todo lo que les llega en papel, el apuntarse el marchamo de un repertorio propio de marchas por un lado -por muy mediocre que sea- que deriva luego en coger marchas clásicas y hacerlas propias modificándolas con adornos vanos; o el interés crematístico que en más de una ocasión subyace en los "arreglistas", vendiendo los arreglos al mejor postor, desembolsándose una cantidad nada despreciable a la par que la banda que compra dichos servicios se cree, engañada, que le está haciendo un favor a la historia del género.

El músico, compositor o pseudocompositor (abrimos el abanico hasta los que se creen "Mozart del encore") que prefiera una marcha determinada con otro tipo de acompañamiento, distinta armonía o melodía, que haga su propia música y no adultere la de otros. Que no, que éste no es el camino, que los arreglos deben basarse única y exclusivamente en amoldar la partitura, otrora concebida para una instrumentación concreta dado el momento en el que fue hecha -p.e. el caso de las primigenias marchas de Rodríguez Ruiz-, a las características instrumentales de la banda a día de hoy. Basta de añadiduras que entorpecen el discurso musical, basta de otorgar a instrumentos, que en su versión original eran meros acompañamientos, papeles virtuosos en el contrapunto sin ningún fin claro, basta de modificar acordes cuando antes de por sí estaban bien, de crear tensiones y luego no resolverlas conforme a la teoría. Basta ya, diferenciemos claramente los conceptos de arreglo e invento.

El buen arreglista es el que mantiene la cautela y la discreción, el que consigue que la marcha de toda la vida suene a hoy tocada por el instrumental que antes no existía, pero con la solera y el cariz castizo que tuvo y que nunca debió perder. Seamos serios, porque la música lo merece.

MATEO OLAYA MARÍN
Cabra (Córdoba) 2007

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