Investigación

La marcha procesional cordobesa: breve repaso histórico

Mateo Olaya Marín

7 de Marzo de 2007


Córdoba se nos presenta como uno de los puntos de nacimiento de la marcha procesional andaluza. Ya, desde 1883, se tiene constancia de la composición de marchas procesionales en Córdoba, auspiciadas por la procesión oficial del Santo Entierro donde solía tocar la Banda Municipal de la ciudad. Y fue Eduardo Lucena quien escribió Un Recuerdo ese mismo año, dedicada a dicha procesión, aunque años más tarde legaría la Marcha fúnebre nº1, Marcha fúnebre nº2 o La Redención. Esta época de finales del XIX no destaca por la poca creación de marchas para la Semana Santa precisamente, ya que otros nombres importantes de la música cordobesa y andaluza, como Cipriano Martínez Rücker y Juan Antonio Gómez Navarro, dejarían su sello maestro e inigualable en la Marcha fúnebre op. 21 y Marcha fúnebre op. 35, para el caso del primero, y El Alma de mi Alma para el segundo. Sin olvidar a uno de los innovadores y genios del género, el ilustre director militar Manuel López Farfán, que firmó en Córdoba en 1896 una marcha fúnebre, En mi Amargura, dedicada a Leonor Navarro, madre de su maestro de música, el anteriormente mencionado Juan Antonio Gómez Navarro.


Cipriano Martínez Rücker, autor de dos grandes marchas fúnebres


Terminan la nómina de los compositores mentores de la marcha cordobesa dos directores de la formación musical munícipe. Todavía en el período finisecular romántico, Rafael de la Torre Brieva compone en 1896 una marcha fúnebre titulada El Viernes Santo y con posterioridad dos marchas fúnebres, con los números 1 y 2 respectivamente, a tenor de lo que nos revela la hemeroteca de la época. Ya entrado el siglo XX, José Molina León hace lo propio con una marcha fúnebre ideada seguramente durante el período en el que estaba al frente de la banda municipal, entre 1908 y 1910.

Todas éstas eran marchas escritas para la Banda Municipal de Córdoba, de clara herencia romántica, con belleza en la línea melódica y un carácter que no tenía por qué ser necesariamente fúnebre, pero sí de aire solemne y regio. Muy probablemente se compusieran más, pero el paso del tiempo y la desidia colectiva nos dejan un vacío documental difícil de superar.

Después de estos inicios sobrevino una época de inestabilidad social y política, con crisis incluida en la banda municipal, que ayudaron a cercenar desgraciadamente la inspiración para este tipo de música. La Guerra Civil dilató todavía más este gran lapso de tiempo sin nacer marcha procesional cordobesa alguna. Después de la contienda bélica, se abrió el proceso renovador y reorganizador de las cofradías en Córdoba, adoptando nuevos modelos y recuperándose progresivamente de tantas décadas azarosas y poco propicias para la creatividad artística.

De nuevo aparece la figura de la Banda Municipal, a la que se sumará exitosamente la Banda de Música Militar del Regimiento de Lepanto. Eran los años cuarenta cuando Dámaso Torres dirigía la banda municipal, al frente de la cual ésta alcanzaría una fama notabilísima a escala nacional. Mientras tanto, Pedro Gámez Laserna hacía lo propio con la Música del Regimiento de Lepanto nº2. Estas dos célebres batutas fueron pilares apropiados para reiniciar el desarrollo de la marcha cordobesa, como así lo muestran las dos marchas procesionales que surgieron en un intervalo temporal pequeño. Dámaso Torres compuso Misericordia Señor para la Hermandad de la Misericordia, pieza de profunda armonía y rasgos wagnerianos. Pedro Gámez escribió Saeta Cordobesa en 1949 -dedicada al Stmo. Cristo de la Buena Muerte-, obra maestra de la marcha procesional cuyos valores han adquirido una dimensión importantísima para la música procesional andaluza. Su técnica en la composición, así como la introducción de la saetilla haciendo honor a su título, hacen de esta portentosa marcha una referencia estética para años posteriores, puesto que después vendrían composiciones donde se aprecia nítidamente que beben de las fuentes de Saeta Cordobesa. No fue ésta la última composición de Gámez para la Semana Santa de Córdoba, entre las que podemos apuntar Salve Regina Martyrum (1952) o Ntra. Sra. de los Ángeles (1978)



Pedro Gámez Laserna, autor de "Saeta Cordobesa"

Inmediatamente después entrarían en la escena cofrade músicos e instrumentistas de ambas bandas, la municipal y la militar, al igual que otros músicos de escenarios diversos. Tal es el caso del crítico musical Francisco de Sales Melguizo, que volcó su sentida relación con las cofradías a través de la sencillez de Lágrimas y Desamparo (1950), Paloma de Capuchinos (1951), Señor de la Caridad (1956) y Virgen de los Dolores (1970). Las hizo, eso sí, con la intervención de consumados instrumentistas, tales como Gámez Laserna o Enrique Báez. Este último es otro de los nombres imprescindibles en el patrimonio musical de Córdoba. Virtuoso violinista de la Orquesta Municipal de Córdoba, otrora músico de la Banda Municipal, el Maestro Báez compuso su primera marcha, Virgen de las Angustias (1952), en plena etapa de eclosión de este estilo musical. Después vendrían Jesús Caído (1955), Virgen del Socorro (1978), así hasta un número considerable de marchas con peso específico en lo que a calidad se refiere.

Todavía un joven Luis Bedmar haría su ópera prima en este campo con Vida de un Alma, sentida oración en forma de marcha firmada en 1955. A ella le seguirían una abundante lista de títulos, como Ntra. Sra. de la Esperanza (1959), hasta la actualidad, convirtiéndose en el compositor más prolífico. Coincidiendo con los primeros pasos de Bedmar, aparece el recordado músico José Timoteo Franco, subdirector de la Música del Regimiento de Lepanto y luego flauta solista de la Banda Municipal, con Santísimo Cristo de las Penas (1957) y Jesús Rescatado (1958).

El sucesor de Gámez en el podio de la Banda Militar, Reginaldo Barberá, contribuyó con Santísimo Cristo de Gracia a engrosar la nómina de marchas cordobesas, a la par que éstas iban consagrándose como una vertiente perfectamente definida, siempre bajo el sello de melodías sobrias, solemnes y ajenas a otro tipo de corrientes estéticas. Años más tarde, en la década de los setenta, la producción musical de nombres como Báez o Bedmar continuaba conviviendo, además, con la de los Camilo Contreras (Piedad Señor, 1975), Casto Contreras (Ntro. Padre Jesús de la Sangre, 1978; y Ntra. Sra. de la Encarnación, 1980), Joaquín Reyes Cabrera (Coronado de Espinas) o Antonio Pantión (Expirando en tu Rosario, 1974).


Luis Bedmar, importante músico afincado en Córdoba (Fuente: archivo municipal)

En los ochenta, una serie de circunstancias provocan cierta crisis en la marcha procesional cordobesa. La Banda Municipal no existe ya como tal, al haberse consumado su cambio a Orquesta Municipal de Córdoba, y la Banda Militar del Regimiento de Lepanto mengua su plantilla hasta desaparecer. Córdoba se encontraba, pues, sin las dos bandas de música que sustentaban la composición de marchas y su interpretación. Ante esta ausencia de bandas cordobesas, las cofradías recurren más asiduamente a bandas de la provincia y fuera de ésta, con la consiguiente llegada de marchas procesionales de un estilo netamente sevillano, esto es, de un acentuado carácter rítmico y expresión marcadamente letífica. Lo que no quiere decir que las marchas procesionales hispalenses no hubiesen impregnado las carpetas de reparto hasta entonces, puesto que también son sevillanas Virgen del Valle o Amarguras y se tocaban en tiempos pretéritos, sino que es ese estilo alegre acuñado en Sevilla el que se introduce en Córdoba a finales de los ochenta, contagiando a compositores como el caso de Rafael Ramírez, director de la Banda Municipal de Lucena, y su marcha Esperanza Cordobesa (1989). Por otra parte, Miguel Herrero Martos, director de la Banda Municipal de Rute, soslaya esta nueva línea y aboga más por el clasicismo, descollando especialmente Virgen de la Caridad (1992)

El influjo de la escuela sevillana se hace más patente con la llegada del famoso director militar Abel Moreno, que por entonces ostentaba la batuta de la Banda del Soria 9. Tenía como mejor tarjeta de visita los éxitos que estaba cosechando con sus discos en pleno fenómeno del boom discográfico. Su catálogo de marchas procesionales iba asciendo súbitamente, cuando hizo para Córdoba melodías entre las que caben subrayar Fuensanta Coronada (1994) y Ntro. Padre Jesús del Calvario (1992) Otro militar, afincado en Córdoba, fue Jesús Cea Samaniego, director de la Banda Militar del Regimiento de Lepanto tras el fallecimiento de Reginaldo Barberá. Suyas son Virgen de los Ángeles (1994) y Cristo de la Sangre (1998).

Epónimo de su progenitor, José Juan Gámez Varo no ha querido desvincularse de la Semana Santa de Córdoba. Es por ello que rinde tributo a cofradías a las que le une lazos afectivos, dando forma con su música a nombres como Dulce Nombre de María o La Mercé. Por otra parte, la dirección de bandas como la Municipal de Huévar o Cristo del Amor de Córdoba, permite a sus directores escribir a cofradías en las que sus formaciones tocan. Verbigracia Martín Salas, con Paz y Esperanza, o Francisco Conde, con Soledad de Jueves Santo.

Resumiendo, tras el largo letargo en la composición de marchas que acaeció años antes de la guerra civil y durante la misma, el panorama retomó la normalidad y desde entonces ha mantenido una relativa continuidad. La marcha procesional cordobesa ha adquirido diversos caracteres, todos válidos siempre y cuando cumplan unas reglas mínimas de técnica y apropiada factura, pero se hace necesaria una valoración del repertorio histórico, tan denostado, mientras que las actuales y futuras generaciones siguen abriéndose paso y enriqueciendo el patrimonio artístico de las hermandades.

Mateo Olaya Marín
Publicado en el suplemento de Semana Santa del periódico El Día de Córdoba (7 de abril de 2006)

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