Opinión

Los Font: el alumbramiento del sinfonismo en la marcha procesional

Mateo Olaya Marín

22 de Enero de 2006


La ciudad de Sevilla ya había sido testigo del atino y buen hacer de la saga de "Los Palatín", pero cuando un militar catalán, de nombre José Font Marimont, se plantó en las entrañas mismas del corazón musical hispalense con su Banda de Música del Soria 9, pocos podrían pensar que de él germinaría una dinastía con la que la marcha procesional sevillana escribiría verdaderas páginas de oro, algunas de las cuales hoy relucen por las calles, mientras que otras aguantan a duras penas el envite de la desidia. Eso sí, las unas y las otras, con sus partituras, aparecen revestidas por el encanto del color sepia y olor a papel viejo.

La historia de Los Font se abre, como no podía ser de otra forma, con la acepción consolidada de "marcha fúnebre" y la proyección del patriarca, José Font Marimont. Fueron dos: la primera dedicada a la Carretería, en 1887, hoy perdidamente custodiada por no se sabe qué manos, y otra, en 1895, a la Quinta Angustia, rebautizada posteriormente como "Quinta Angustia". Ambas encorsetadas en la idea de marcha para banda militar e incrustadas en el período finisecular decimonónico. Esos fueron los comienzos, el sinfonismo vendría después.

Si el precursor, Font Marimont, es la raíz, el hijo de éste, Manuel Font Fernández de la Herranz, es el tronco musical de la dinastía. De él irradiarían grandes acordes y compases célebres, bien por inspiración propia o por la mano instrumental, y también sucumbió a los encantos de la corriente "italianizada" del tardo-romanticismo que tuvo lugar por entonces, pues ahí está la ópera italiana de "Ione" y su adaptación a marcha fúnebre para banda de plantilla completa. Después, los dos hijos de Font Fernández, Manuel y José Font y de Anta, terminan de construir ese pilar tan sólido y necesario para nuestra música procesional: el pilar de Los Font, sin el cual el edificio levantado se quedaría descompensando y en permanente estado de zozobra. Así se nos presentan Los Font, nombre propio del devenir de la música procesional en esa franja del tiempo que va desde finales del XIX hasta los primeros cuarenta años aproximadamente del siglo XX.

Ellos, Los Font, componen marchas procesionales con claros guiños sinfónicos, en las que no resulta raro ver un poema religioso como base de la obra musical escrita. Es lo que se puede denominar "poema sinfónico", un producto musical del romanticismo que se desarrolla fundamentalmente entre los siglos XIX y XX, es decir, coexistiendo nítidamente con la labor compositiva de los Font. Escuchar sus marchas procesionales, a modo de poemas sinfónicos, nos hace incluso imaginarnos a los mismísimos Berlioz o Listz, mentores del concepto de "poema sinfónico", desglosando notas musicales para la Semana Santa. Los Font, y sus poemas religiosos en forma de marchas fúnebres, invitan al recogimiento y la reflexión, a melodías lánguidas, tristes, despertadas por turbas romanas con soniquetes de trompetas y, en definitiva, compás a compás, subrayan el valor dramático de lo que están ilustrando y escenificando a través del lenguaje musical: la Pasión y Muerte de Jesucristo. ¿A qué otra cosa invita, si no, la desgarradora marcha procesional de "Victoria Dolorosa", o la misteriosa y perpetua "Amarguras"?.

Eximios músicos fueron los Font: desde célebres directores de banda militar a desempeñar funciones homólogas en una banda civil, desde músico prolífico en melodías aflamencadas, tonadillas y coplas hasta violinista ilustre de prestigio internacional. Todo en ellos estaba tocado por un halo de grandiosidad, porque además vivieron en una época grande de la Semana Santa sevillana. Mientras Juan Manuel Rodríguez Ojeda revolucionaba la estética cofrade con nazarenos de capa, diseños de palios y mantos camaroneros, o Castillo Lastrucci dibujaba con su gubia una nueva forma de representar los misterios, Los Font hacían música para las procesiones, verdaderas sinfonías pasionistas. La Semana Santa en Sevilla, aun procediendo de siglos pretéritos, experimentaba por entonces - primer tercio del siglo XX - una reorganización en sus diferentes disciplinas artísticas, y como la música no iba a ser menos, Los Font y Farfán se encargaron de desgranar modelos musicales para el futuro.

Llenar lo que primeramente es un papel en blanco de líneas en relación a Los Font significa, sin duda, todo un reto por la inconmensurable categoría de los personajes a glosar. Lo que sí suele sobrevenirme a la cabeza es una sensación de lástima y lamentación obsesiva por la prematura muerte de Manuel Font y de Anta, sí, el que compuso "Amarguras" y "Soleá dame la Mano", entre otras. Él se atrevió con un tipo de marcha antes inexistente y que todavía sigue estando incólume la senda marcada. He ahí el milagro de "Soleá dame la Mano": nació de sus manos, pasó por el piano y terminó por la orquestación cum laude del padre. Después no vendría nada. La guerra civil, que por ser injusta hasta privó a las cofradías de un autor tan válido como D. Manuel, se llevó a una prometedora fuente que de haber vivido más, aquí, hoy y mañana, estaríamos hablando de más y mejores cosas.

Y volviendo al sinfonismo y la poesía en la marcha procesional "fontiana", podría valer como ejemplo ilustrativo lo que para Wagner era la Sinfonía nº9 - la sinfonía coral - de Beethoven. Llegó a decir que era "música que llora por redimirse mediante la poesía", es decir, la poesía como instrumento motor e inspirador de la música. Lean los poemas religiosos de "Amarguras" o "Camino del Calvario" y comprenderán. Esa es, en mi humilde opinión, una síntesis de lo que Los Font son para la marcha procesional.

Vacío se quedaría el corpus de marchas procesionales si ignorásemos, alguna vez, la obra de estos egregios compositores, tan vacío que nada hubiera sido igual. Ese alumbramiento del sinfonismo es un reflejo más de la arrolladora personalidad con la que contaban, personalidad fuerte que aparece hasta en el mismo apellido, Font. Desde una música fúnebre para la Carretería en los inicios, hasta otra llamada "Expiración" como cierre de todo el proceso. Metafórico nombre, el de "Expiración", para ser la última marcha procesional del horno fontiano. No pudo haber mejor final que éste.

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