Grandes Marchas

Mater Mea (Ricardo Dorado Janeiro, 1962)

Juan Antonio Barros Jódar

5 de Noviembre de 2004


Ricardo Dorado (Coruña, 1907-Madrid, 1988), autor, entre otras, de "Cordero de Dios", "Altare Dei", "Getsemaní", "Hossanna" o "Dominus Tecum", crea en esta obra un arquetipo admirable de marcha procesional fúnebre. La inspiración de sus temas, la maestría en la armonización y la economía de los elementos utilizados, sabiamente, eso sí, por su autor, hacen de "Mater Mea" una página imprescindible para el repertorio de cualquier banda de música que se precie.

Hablábamos de economía de recursos, y no lo hacíamos gratuitamente. De hecho, el leit-motiv que vertebra toda la composición desde el primer compás hasta el final, es de una simplicidad asombrosa: un motivo construido sobre tres notas (los grados 5º, 6º y 4º de la tonalidad en modo menor), que giran en intervalos conjuntos sobre el eje de la dominante (5º grado). Lograr con tan elementales recursos un tema de tal carga emocional sólo puede hacerlo un consumado maestro de la composición como es Dorado.

La introducción, como decimos, está articulada en torno a ese elemental leit-motiv, y crea desde el primer compás una atmósfera cargada de tensión dramática. La alternancia entre planos de diferentes dinámicas sonoras no hace sino subrayar la tensión emocional, resuelta por una cadencia magistral que nos conduce al tema A.

Dicho tema A no es más que un desarrollo lógico del motivo inicial enunciado en la introducción. Merece la pena destacar la elegancia con que las llamadas de trombones y trompetas plantean su contrapunto a la melodía, y que le otorgan una cierta dimensión "épica". (Algo parecido observamos en la llamada introductoria de Mektub.)

El tema B, en mayor, contrasta marcadamente con el tema anterior. Las tinieblas son deshechas por la irrupción de un cálido haz de luz. El oído encuentra el sosiego de una melodía acariciadora que nos seduce con su encanto y nos hace olvidar por un momento la conciencia del dolor. Pero el autor nos abisma de nuevo en el paisaje conmovedor del Gólgota, que es una metáfora de la desolación humana: el tema A reaparece violentamente en "fortissimo" y nos arrastra con su poderoso magnetismo. Una posterior reexposición en "piano", con las llamadas de trompetas y trombones, concluye inopinadamente en un brillante acorde en mayor.

El tema C, también en menor, nos conmueve por su hondo patetismo. En él parece flotar un sentimiento de amarga desesperanza. La transición final del mismo es sencillamente abrumadora. La obra, en una estructuración cíclica casi obsesiva, retorna una vez más al comienzo, en un generoso "da capo" en el que son reexpuestos completamente la introducción y los temas A y B, incluyendo la repetición subsiguiente del tema A, en "fortissimo" primero y luego en "piano".

La obra finaliza, en una circularidad perfecta, en la inesperada modulación a mayor que antes señalamos al final del tema C, y que actúa como un eje de simetría que sustenta la arquitectura asombrosa de esta obra.

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