| |
"La
marcha procesional de Pedro Gámez y Ricardo Dorado tras el palio
del Mayor Dolor"
Mateo Olaya Marín
En
el presente año se cumple el centenario del nacimiento de dos grandes
figuras de la marcha procesional: Pedro Gámez y Ricardo Dorado.
Dos nombres que significan calidad en el repertorio de una banda. Es decir,
que incluir marchas de ambos maestros aporta solera y clase a cualquier
banda que se precie. Es por ello que aducimos a esta efeméride
que no deja de ser mera casualidad, para abogar por la causa digna de
reivindicar sus músicas tras nuestros pasos, nuestros palios. Pero
hete aquí que en el caso de la hermandad que nos cobija al amparo
de este boletín, las marchas de Gámez y Dorado no son una
rareza, sino un denominador común.
Dos figuras que a vista de pájaro pudieran parecer inconexas, no
lo son tanto. A principios de los cuarenta, el jiennense Pedro Gámez
Laserna se trasladó desde Córdoba, donde era músico
de su banda municipal, a Madrid para formar parte de la Banda Sinfónica
Municipal de allí. En la capital de España llegó
a conocer a Ricardo Dorado, que por entonces era ya un prestigioso músico
militar, dándose la anécdota de que éste formaba
parte del tribunal de las oposiciones al Cuerpo Nacional de Directores
Militares cuando el mismísimo Gámez las aprobó con
la primera plaza en septiembre de 1945. Pese a ser coetáneos y
hasta conciudadanos, ambos tenían estilos de componer diferentes,
incluso en algunos aspectos antagónicos. Sin embargo, sendos eran
válidos y valiosísimos, cosa de la que ha sido consciente
esta hermandad.
María bajo palio pasea su trágico y doloroso rostro, en
una estampa de sobriedad que cada año amanece cuando su mirada,
clavada hacia el cielo, ilumina la oscura plaza donde se erige la iglesia
fernandina de San Lorenzo. La armonía que produce el movimiento
entre varales y bambalinas, se ve solemnizada por la música de
la banda de la Asociación Cultural Álvarez Quintero de Utrera
acometiendo un selecto repertorio de marchas procesionales, que con éste
sumarán diecinueve años deleitándonos. Esas notas
que entrelazan con la primorosa orfebrería en perfecto ensamblaje,
manifestando el poder artístico del drama sacro de la Pasión
en la calle, vienen sellados por ilustres apellidos como los de Dorado
o Gámez.
Sin ellas no se entiende ya un Miércoles Santo en Córdoba.
La música, en su ejercicio de apoderarse de los rincones, elabora
por donde pasa su particular acústica. Así, los metales
bajos de la banda utrerana abordan sin timidez alguna el inicio valiente
de “Saeta Cordobesa” de Pedro Gámez, para dialogar
elocuentemente con clarinetes y oboes y estallar en una manifestación
de júbilo donde la trompetería hace de voz principal. Como
contraste, la soberana marcha fúnebre “Mater Mea” de
Ricardo Dorado toma posición del atril y acude fiel a la cita,
porque de otra forma no podría ser.
La hermosura musical no ceja aquí. Los épicos compases de
“Mater Mea” alcanzan su continuación en “El Cachorro”,
también de Gámez y frecuente que ha sido para acompañar
al cortejo penitencial. De la sensación misteriosa, lúgubre
aunque con visos de alegría, pasamos a un lenguaje diferente si
ponemos la atención en “Sevilla Cofradiera” de Gámez,
cuya gracilidad y desparpajo desgranado en las maderas hacen de ella la
ineludible música que aporta el equilibrio justo. Ecos de saeta
asoman también por el trío final, que es inmortalizado con
la introducción de un tutti fuerte culminante del delirio que habrá
sido escucharla entre el crepitar de la cera gastada.
Son las sensaciones que producen esos milagros que músicos en su
día obraron en el papel pautado. Como el año pasado cuando
se interpretaron novedosamente los compases religiosos de “Salve
Regina Martyrum” de Gámez, o el que Ricardo Dorado consumó
en “Getsemaní”, irrepetible marcha fúnebre en
memoria de su esposa y que el próximo Miércoles Santo escucharemos
por vez primera.
¿Quién puede sentirse indiferente ante tal derroche de belleza?
Mateo
Olaya Marín
Publicado en el boletín de la Cofradía del Calvario de Córdoba,
nº42, febrero 2007
|
|