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"De
la educación del gusto musical"*
José Font y de Anta
En
el arte, como en la Naturaleza, todas las transformaciones se encadenan
las unas a las otras, sin que sea posible precisar el momento exacto en
que una forma nueva ha reemplazado otra forma antigua. Modificándose
el hombre en sus usos, sus costumbres y, aunque en más largos periodos,
en su organización física, es natural que no reciba impresión
alguna contemplando siempre los mismos objetos y que no se distraiga con
los mismos espectáculos.
Cada manera de sentir nueva, implica una nueva forma también; por
eso el Arte varía en todas las épocas. Plutarco ha dicho:
“En arte toda época, por bella que sea, tiene su época”;
es decir, que cada época tiene su música particular, como
la tiene su teatro, su literatura, su pintura, etc.
La música dramática, por estar sujeta a los caprichos del
gusto del público, varía mucho más que la música
instrumental; a veces no es más que un modesto accesorio, sobre
todo en el teatro español.
Actualmente sería imposible poner en escena, con esperanza de éxito,
una ópera entera de Lully o de Rameau. Estas dos obras no pueden
aspirar a excitar más que un sentimiento de curiosidad histórica:
tan solo algunos aficionados pretenderían admirarlas sinceramente
pero de seguro no tendrían el valor suficiente para escucharlas
hasta el fin, y sin embargo, nosotros oímos todavía con
interés la música instrumental de estos mismos maestros.
Las producciones del arte puro están, como vemos, menos expuestas
a las variaciones del gusto, y por el contrario, las que por razones arbitrarias
se unen a otro arte corren el riesgo de pasar de moda.
La frecuente asistencia a conciertos di camera y sinfónicos
es el medio más eficaz para educar el gusto musical.
Es falso que el arte de real orden se impone inmediatamente; la Historia
contradice a cada paso esta aseveración.
Cualquier manifestación de arte necesita para ser apreciada en
lo que verdaderamente vale, una preparación por parte de quien
lo contempla o escucha. El cuadro más simple de cualquiera de los
primitivos en pintura o la más ingenua melodía gregoriana,
será letra muerta para quien no haya visto nada en materia de cuadros
ni nada oído de música.
Ahora, si esto es cierto en lo referente a las más sencillas formas
del arte ¿qué decir cuando se trata de las de los últimos
tiempos? Las producciones musicales de la escuela contemporánea,
por ejemplo, no pueden ser comprendidas las más de las veces ni
por los músicos entendidos, en una primera audición. Por
eso el crítico que se atreve a juzgar una obra nueva sin hacer
de ella un previo estudio, muestra una cantidad de snobismo enorme y se
expone a no decir más que una serie de nimiedades sin ningún
interés.

Artículo
original con la firma de José Font y de Anta
Quienes trabajamos con celo y patriotismo por el adelanto del arte en
nuestra patria, tenemos un gran enemigo; aquel que con razones engañosas
proclama el arte vulgar porque está más al alcance de todos.
Si se trata solamente de agradar al ignorante, nuestra labor es cosa perdida;
pero se trata de conseguir algo mucho más noble: la educación
artística y el desarrollo del gusto del público, y este
desarrollo se consigue oyendo buena música. Es, pues, con una frecuente
asistencia a conciertos como más rápidamente puede educarse
el gusto musical.
Es sorprendente lo rápido del progreso en una persona que oiga
buena música con frecuencia. Al principio se opera una confusión
muy desagradable en quienes escuchan sin la debida preparación
obras modernas. Un oído inculto no acierta siquiera a descubrir
las ideas de la obra por muy sencilla que ésta sea; la línea
melódica se le pierde en el tejido de los contrapuntos y aún
en de la misma armonía; los desarrollos se le presentan como nuevas
ideas; la misma trama orquestal si se trata de una pieza sinfónica,
lo desconcierta, a causa de la diversidad de los timbres; la obra se le
aparece como un caos. Pero si la persona que posee un oído inculto,
con buena voluntad repite las audiciones de aquella misma música
que lo desconcertó empezará poco a poco a notar cómo
la incógnita se le descubre, como sin comprender el porqué
del fenómeno, lo que antes le pareció confuso e impenetrable,
ahora comienza a deleitarle.
Porque es un don de la buena música el que cuanto más se
oiga, más se aprecie y más conmueva. Por el contrario, la
mala, si gustó en un principio, cansa pronto aún a los oídos
menos educados.
*Publicado
en “MÚSICA, Álbum-Revista musical, Madrid 15 de Abril
de 1917”
Trascripción.
Rafael C. León Ramírez
Córdoba diciembre de 2006
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