Opinión

La rebelión del historicismo

Mateo Olaya Marín

6 de Abril de 2006


Un género, como el de la marcha procesional para banda, que alcanza de lejos más de cien años de existencia, va dejando irremediablemente a su paso una cantidad riquísima de compositores, intérpretes y marchas procesionales de incalculable valor. Algunas, tocadas por la suerte y en honor a sus enormes virtudes, superan la exigente criba del tiempo, y la no menos exigente criba del gusto popular, para perdurar en conciertos, discos y procesiones. Otras, junto a sus respectivos autores, duermen el sueño de los justos porque no han tenido esa aceptación, o bien una serie de circunstancias han provocado su particular y doloroso destierro en el abismo de los archivos.

Como decíamos, el decurso del tiempo exuda constantemente piezas musicales para nuestra Semana Santa, entrando a "rivalizar" las nuevas con las ya existentes hasta que ese proceso selectivo, en el que interviene la directriz de la banda y el gusto impuesto por el público, conforma el repertorio musical. Éste no siempre ha sido tan copioso como acostumbramos ahora. Anteriormente era normal ver que una banda hiciese gala de un listado escueto de marchas, en comparación con los que actualmente disfrutamos en Semana Santa. Así, amoldándose a la estética imperante de las cofradías, ha habido marchas que se han caído del atril, otras que han entrado y un privilegiado grupo, denominadas en algunos sectores como marchas clásicas, ha perdurado a los envites del azar.

En la música ha existido siempre el historicismo, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor acierto. Lo obvio es que en el campo de las marchas procesionales esta corriente ha permitido exhumar partituras para salvarlas del olvido, y que la misma se ha realizado a lo largo y ancho de las décadas gracias a muchos investigadores, bandas, músicos y directores. Siempre ha habido, y habrá, composiciones ignoradas que se recuperan, emergiendo y sobreviviendo con posterioridad a ese reestreno, o por lo contrario palideciendo hasta volver al mismo estado de partida. Pero la existencia de recuperaciones históricas, de estas retrospectivas hacia marchas antiguas con sus respectivos compositores, está teniendo un auge bastante significativo en los últimos años e incluso, si se me permite concretar, el núcleo de la corriente historicista viene moviéndose con gran dinamismo y efusividad en un lapso de tiempo que apenas llega a los dos años.

Esta búsqueda depurada de la música procesional antigua, restaurando partituras, limpiando los aditamentos musicales que se han depositado sobre la música original, incluso indagando en la interpretación a cargo de una plantilla lo más parecida a la que el autor destinó la composición, no es otra cosa sino una respuesta contundente al episodio de devaluación que venimos percibiendo sobre el género de la marcha. Es una forma de intentar que triunfen solamente los elementos musicales frente a aquellos que no lo son y que, en no pocas ocasiones, han conseguido oprimir al talento artístico del músico. Pero cabría preguntarse: ¿es una moda esta vorágine?.

Este brusco florecimiento, que dicho sea de paso tanto gusta a quien suscribe, ha creado una dinámica patente, en la que las bandas intentan apostar por este historicismo para subirse también al tren y no quedarse descolgados ante la crítica musical. Digamos que, voluntaria o involuntariamente, se ha creado una sana competencia entre muchas bandas de música, que está destilando la resurrección de numerosas marchas que hace años apenas ocupaban los programas de conciertos o las carátulas de los discos. El problema es si, de aquí a un tiempo, esta rebelión historicista descendiese gravemente hasta mantenerse en un nivel mínimo, discreto y sin peso. Pudiera pasar, o quizás no. La segunda opción se cumpliría si todo este proceso cuidadoso del patrimonio musical tuviera como catalizador la existencia en los promotores de una conciencia real de la necesidad de reparar tantos daños y lesiones producidas por el paso de los años. Si esta eclosión historicista nace de una maduración de las bandas, directores, músicos, cofradías, periodistas e investigadores, entonces estaríamos de enhorabuena. Uno quiere pensar que sí, además, tras observar y analizar diversas posturas, comentarios y trabajos realizados últimamente, parece ser que así lo es. Da la impresión como si buena parte del sector musical de nuestra Semana Santa esté reivindicando su papel relevante en la selección y cuidado de la música procesional. Las bandas tienen mucho que decir y no deben quedar siempre amordazadas al criterio único y exclusivo de la hermandad, sino entrar en un equilibrio con ésta.

Por este año, en cuanto a la esfera historicista se refiere, podríamos citar trabajos tan elaborados como el de "Maestros de la Pasión", "Oremos" y "Camino del Gólgota", de la Municipal de Sevilla, Municipal de Mairena del Alcor y Oliva de Salteras respectivamente; discos que contienen recuperaciones como el de "A la Madre de Dios" o "Spes Nostra" de las bandas de la Paz y la Esperanza de Málaga; conciertos importantísimos como los que vienen ofreciendo la Sociedad Filarmónica Ntra. Sra. del Carmen de Salteras, la Banda de Música de la Cruz Roja de Sevilla, la Banda de Música de las Cigarreras, la Banda de Música Julián Cerdán de Sanlúcar de Barrameda o la Banda de Música María Stma. de la Esperanza de Córdoba, etc. Un sinfín de pequeños granos de arena que, sumados entre todos, están creando una montaña de gran envergadura, con la esperanza de que ésta se haga cada vez más fuerte y resista cualquier vendaval o tormenta que se le presente.

El tiempo dirá.

MATEO OLAYA MARÍN
Cabra (Córdoba) 2006

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